Silvia en Lux

Aprobé unas oposiciones para la Unión Europea y me mudo a Luxemburgo, ¡qué bien!............. ¿¿¿QUÉ BIEN??? Aventuras y desventuras de Silvia en las europas

17 noviembre 2005

Un paseo por la Costa Azul

El viaje a la Costa Azul ha sido mucho más cómodo que el anterior. El vuelo salía de Luxemburgo y tardaba una hora y media escasa en llegar a Niza. Es, por supuesto, bastante más caro que viajar desde Frankfurt, pero la diferencia no está solo en el precio, En Luxemburgo puedes llegar incluso media hora antes de la hora de salida y aún así eres el primero en embarcar.

Ese día no podía hacer mejor tiempo, así que el vuelo fue muy agradable. No había apenas nubes y podían verse los Alpes perfectamente.

Desde el hotel teníamos una vista maravillosa, estuve como loca haciendo fotos desde el balcón y esperando a Félix, que estaba venga a llamar a la puerta de la habitación mientras yo disfrutaba del paisaje. Había gente bañándose en la playa y, para una aspirante a luxemburguesa, eso es inaudito.

El centro de Niza es precioso; parece una ciudad italiana, con calles estrechas y edificios sencillos. Todo está lleno de bares; sobre todo de pizzerías que, mira que me gustan, pero pasarán algunos días antes de que me apetezca pisar otra, ya que pizza es casi lo único que se puede comer allí. He seleccionado unas cuantas fotos de Niza.

El fin de semana nos fuimos de excursión a Mónaco, pasando por otros cuantos pueblos de la costa. Los paisajes son impresionantes y el paseo mereció la pena.

Mónaco definitivamente no es mi lugar preferido. Creo que es interesante conocerlo, porque no se parece en nada a ningún otro lugar (que yo haya conocido, claro). Es como un decorado, no parece de verdad. Lo que impresiona de Mónaco, además de los cochazos, es el lugar donde está ubicado. Me gustó más verlo desde lejos, por la noche, es grandioso.

Nos acercamos al casino, que es visita obligada, y nos cobraron 10 euros por cabeza solo por entrar, así que jugamos a la ruleta con el fin de recuperarlos y tras conseguirlo, abandonamos rápidamente para no perder la suerte del principiante.

No lejos de Mónaco está Mentón, que es un pueblo bastante grande en el que hay un cementerio arriba del todo con unas vistas estupendas (desde donde están tomadas las fotos).

Rocabrune es un pueblo de piedra muy sorprendente. Su castillo (el castillo de los Grimaldi) está perfectamente conservado, así como el resto de las calles y de las casas. Realmente merece la pena verlo.

Finalmente, Eze fue lo que más nos gustó. Es parecido a Rocabrune, pero aún más bonito. Es un pueblo de artesanos en el que cada casa es un taller. Tiene un jardín exótico lleno de cactus y de esculturas de mujeres con unas vistas increíbles.

05 noviembre 2005

Aventuras de bajo coste

Con motivo del viaje a Dublín que hicimos Félix y yo en el puente de noviembre (vosotros no lo tenéis, je, je… aunque os desquitáis en diciembre) tuve la oportunidad de probar uno de esos vuelos de bajo coste que, además de ahorrarme un dinerito me ha dado tema para un blog... O para varios, aunque resumiré, para no repetirme.

El vuelo salía de Frankfurt Hahn a las 10:00 de la noche pero, aunque había un autobús que salía a las 7 y llegaba sobre las 9 o algo antes, me recomendaron insistentemente que tomase el anterior. Estos alemanes son muy cuadrados, me dijeron, cierran el embarque 40 minutos antes de que salga el vuelo y si el cierre te pilla haciendo cola te quedas en tierra. Así que, ante la perspectiva de dejar a Félix esperando en el aeropuerto de Dublín cual Penélope, decidí no arriesgar y reservé asiento en el bus de las 5:30.

El autobús, que también es de bajo coste -empresa propiedad de la propia compañía aérea, que se lo ha montado de cine con los luxemburgueses ávidos de tarifas baratas-, nos dejó a las 7:30 bastante a tomar viento de la entrada del aeropuerto. Y, maletas en mano, fuimos en rápida peregrinación hasta allí. Íbamos muy deprisa, yo no sabía por que corría, pero era inevitable. Todos lo hacían, y nos contagiábamos unos a otros. Las ruedas de las maletas hacían un ruido frenético racaracaraca, que te incitaba a correr más y más.

A las 7:45 estaba en la cola de facturación. Había conseguido una digna quinta posición. Estaba con un compañero de trabajo que me corroboró lo de que o corres o te quedas. Aún quedaban 15 minutos para que abrieran los mostradores, así que me alegré de no estar sola.

Tras dejar por fin la maleta tuvimos un rato de calma en el que pudimos tomar una rica cerveza y otra más tras la puerta embarque. Pero, de pronto, por alguna razón que no acierto a comprender, los cientos de pasajeros del avión con destino a Dublín -más gente que en El Corte Inglés-, se pusieron espontáneamente a hacer cola, con gran interés. A mí el rápido y ladino movimiento de mis colegas me pilló desprevenida pero, afortunadamente, delante, así que una vez más el tema me salió bien y pude entrar de los primeros, ya que mi amigo iba acompañado de su hija, y como los niños pasaban primero, me colé, del tirón.

En el viaje de vuelta pude comprobar que el afán de hacer cola es solo una muestra de histeria colectiva. Entonces me negué a estresarme y no entré la primera, ni me puse de pie con excesiva antelación y, a pesar de ello, encontré sitio con gran facilidad. Yo que de por mí soy bastante histérica, me alegre de coincidir con tanta gente que me superaba.

En Frankfurt tuve que esperar al bus de las 23:15, y como mi avión llegaba a las 21:45 me tocó tomarme otra cervecita y encontrarme, afortunadamente, con una amiga, por lo que las dos horitas de viaje se me hicieron mucho más agradables.

Ella vive cerca de la estación, así que se iba andando a casa; yo, en cambio, que de día encuentro que mi casa está muy cerquita de allí, siendo de noche y con la niebla que había decidí que estaba lejísimos y me fui a la parada de taxis. Allí había una pareja de nacionalidad indeterminada, que hablaba inglés, soportando a un abuelete que les intentaba convencer de que el inglés era un idioma feo y estúpido y que lo que había que hacer en esta vida era hablar francés. Ponía gran pasión en la defensa de este idioma como lengua común de la humanidad.

Cuando la pareja encontró un taxi, con gran alivio por su parte, me dejo como herencia al viejín. Por un momento creo que estuvieron a punto de invitarme a compartir el taxi para no dejarme allí, a merced de Napoleón, pero al final se marcharon, para gran satisfacción de mi coleguita. Teóricamente él también esperaba un taxi, pero para mí que lo que el pobre buscaba era sólo conversación, de modo que iba dejando pasar a todos para quedarse charlando con el siguiente. Le encantó que le dijese que era española; él conocía Torremolinos como la palma de su mano, como me dijo, gesticulando mucho para que lo entendiese bien, y me miró con orgullo cuando chapurree mi básico francés (cualquiera sacaba el inglés a relucir…). Me contó que llevaba 40 años en Luxemburgo mientras me daba insistentemente golpecillos en el brazo. Por supuesto, me cedió el siguiente taxi, cuyo conductor era un chaval al que estuve a punto de pedir el carné de identidad antes de irme con él. Casi no me dio tiempo a pensarlo, puesto que me llevó volando a casa, qué digo volando… iba haciendo el caballito por la avenida de la Libertad. Menos mal que la vida nocturna en Luxemburgo a las dos de la mañana es escasa.

Besé el suelo de casa (figuradamente, ya que hacía tiempo que no lo limpiaba), contenta de haber superado tantas pruebas y sin dejar de pensar en el pobre Napoleón, que seguiría dándole la paliza a los de la cola.

Dublin - Publin


Los pubs de Dublín son dignos de mención. Fuimos a varios de los recomendados en las guías y a alguno más. Yo diría que son una de las mejores cosas de Dublín… y no sólo por la Guiness, que también, sino sobre todo por la música y el ambiente. Aunque debo decir, no obstante, que me costó un poco acostumbrarme a la masa de gente que pulula por Dublín a todas horas. Para una paleta luxemburguesa como yo, la densidad de la población puede llegar a suponer un problema. Afortunadamente contaba con Félix, que me hacía cerrar la boca y moverme cuando me quedaba bloqueada en Grafton Street en un ataque súbito de claustrofobia.

Bueno, a lo que iba. El mejor de los pubs al que fuimos, totalmente aconsejable, fue el O’Donoghues. El camarero, como puede verse en la foto, se sube a la barra para poder atender a todo el que llega, y en uno de los rincones hay una mesa reservada a los músicos. Probablemente no serían profesionales, pero fue la mejor música que escuchamos en Irlanda. Se van turnando, e improvisan constantemente; uno de ellos empieza a tocar una melodía y los demás se van uniendo, hasta montar una auténtica fiesta. Nunca faltan Guiness en la mesa.

El O’Donoghues es un pub con solera que vio nacer nada menos que a los Dubliners, como recuerdan docenas de fotos en todas las paredes. Es visita obligada en Dublín, al igual que la Storehouse de Guiness. Por cierto, ¿sabéis que la Guiness tiene mucho hierro y es excelente para la salud? Yo he vuelto como una pera.